En un escenario de crecientes fricciones internas dentro del oficialismo boliviano, el presidente Luis Arce insistió enfáticamente en la necesidad de que las fuerzas progresistas del país se unan. Advirtió que la carencia de unidad podría resultar en una derrota en las elecciones generales previstas para 2025. Su discurso, lleno de contenido político y con una clara intención de advertencia, se hace eco en un contexto de división creciente dentro del movimiento que lo llevó al liderazgo.
Durante un acto público con fuerte carga simbólica, el mandatario planteó la necesidad urgente de superar las diferencias internas y reenfocar el rumbo del proyecto político que, desde 2006, ha dominado la escena política boliviana. Arce fue claro al señalar que el mayor riesgo al que se enfrenta el espacio progresista no proviene de la oposición tradicional, sino de la fragmentación interna que podría diluir el respaldo popular conseguido en las últimas dos décadas.
Su mensaje llega en un momento delicado para el oficialismo, marcado por las fricciones entre distintas facciones que componen el Movimiento al Socialismo (MAS) y otros sectores afines. Las tensiones con el expresidente Evo Morales, figura histórica del partido, se han intensificado en los últimos meses. Morales ha lanzado duras críticas a la gestión actual y mantiene su intención de postularse nuevamente a la presidencia, pese a que el Tribunal Constitucional ya lo inhabilitó para esa candidatura. Esta disputa ha sembrado incertidumbre sobre la estrategia electoral de la izquierda boliviana.
El presidente insistió en que el desafío electoral de 2025 exige una renovación de compromisos entre todas las fuerzas que históricamente han respaldado el proyecto popular y de transformación del país. Recalcó que la dispersión del voto progresista abriría las puertas al retorno de sectores conservadores que —según dijo— han demostrado no tener un proyecto social ni económico a favor de las mayorías.
En tiempos recientes, varios movimientos sociales, gremios y grupos indígenas han expresado opiniones divididas sobre quiénes deberían encabezar la candidatura presidencial. Aunque algunos apoyan la continuidad de Arce, otros todavía ven a Morales como el único líder legítimo del proceso político que comenzó en los años 2000. Esta disputa por el liderazgo ha debilitado la unidad del movimiento, provocando incertidumbre entre los militantes y el electorado.
Arce también hizo hincapié en los logros de su gestión, destacando la recuperación económica tras la pandemia, los programas de reactivación productiva y las inversiones en infraestructura y tecnología. Sin embargo, reconoció que aún existen desafíos importantes, especialmente en materia de empleo, seguridad alimentaria y acceso a servicios públicos de calidad.
En su intervención, el mandatario pidió a los dirigentes del MAS y a sus aliados un ejercicio de responsabilidad política y de madurez democrática, al tiempo que planteó la necesidad de convocar a un congreso partidario que defina una estrategia común con miras a las elecciones. Recalcó que sólo a través del diálogo interno y la disciplina política será posible evitar una fractura que beneficie a la oposición.
A medida que se aproximan las fechas de las votaciones, será inevitable la discusión sobre una posible candidatura unificada en el ámbito progresista. La elección del próximo año no solo determinará quién será el presidente, sino que también evaluará la capacidad de un proyecto político que cambió de manera significativa la estructura del Estado boliviano y que ahora se encuentra en su fase más complicada.
La exhortación de Arce, por tanto, no es únicamente un llamado a la unidad coyuntural, sino también una advertencia sobre el futuro del modelo político vigente. En su visión, el dilema es claro: recomponer la unidad ahora o arriesgarse a una derrota que podría significar un retroceso para las conquistas sociales y económicas de los últimos años.
